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2012-05-10 | Derechos Humanos

Punta Peuco IV: Las historias no contadas de familiares y presos

Por : Verónica Torres en Reportajes de investigación


Al interior de Punta Peuco la √ļnica discordia la crea la barrera de privilegios que a√ļn ostentan los presos del Ej√©rcito que habitan el M√≥dulo 1. Pero no hay sanci√≥n social por sus delitos. Es m√°s, la c√°rcel especial es el √ļnico lugar donde no hay reproches morales. En cambio, sus esposas e hijos deben lidiar con ese temor y otros fantasmas fuera de esos muros. En este √ļltimo cap√≠tulo conozca nuevos testimonios de familiares de militares y carabineros, sepa c√≥mo se gest√≥ y se construy√≥ este recinto penal en boca de aquellos que vivieron historias nunca contadas de la otra herencia de Pinochet.

Vea la serie completa:
-Punta Peuco I: La fallida operaci√≥n de inteligencia de √Ālvaro Corbal√°n.
-Punta Peuco II: Los cachureos del Guatón Romo.
-Punta Peuco III: El otro muro que divide a militares y carabineros.
Punta Peuco no aparece en los mapas pese a estar a 50 kil√≥metros y a s√≥lo 30 minutos de Santiago. Pero s√≠ tiene tradici√≥n carcelaria: un terreno abandonado entre las pocas viviendas del pueblo era el √ļltimo vestigio de una antigua colonia de presos de baja peligrosidad que all√≠ funcion√≥. El terreno qued√≥ como propiedad de Gendarmer√≠a y en enero de 1995, ante la inminente primera condena al general (r) Manuel Contreras por el crimen de Orlando Letelier (perpetrado en Washington, en septiembre de 1976), ser√≠a el lugar escogido para construir all√≠ la nueva c√°rcel especial para el ex jefe de la Dina y los uniformados condenados por cr√≠menes de derechos humanos.

Tras sortear una crisis pol√≠tica provocada por el rechazo de Ricardo Lagos, ministro de Obras P√ļblicas de la √©poca, a firmar el decreto que dar√≠a inicio a su construcci√≥n, y luego un conato de rebeld√≠a del ex jefe de la DINA, finalmente en octubre de 1995, Contreras ingres√≥ a Punta Peuco en calidad de preso. Durante meses tanto el militar condenado como la nueva c√°rcel acapararon la atenci√≥n del Ej√©rcito, de la inteligencia del gobierno, de las polic√≠as y de los medios.

Quince a√Īos m√°s tarde, cuando el ex suboficial de carabineros Francisco Toledo ingres√≥ a Punta Peuco por un delito que cometi√≥ en 1985, todo era distinto. Manuel Contreras ya no estaba recluido all√≠, sino en el Penal Cordillera, un recinto militar m√°s exclusivo e √≠ntimo. Ya no hab√≠a integrantes del Ej√©rcito en la custodia, sino s√≥lo gendarmes; y los presos ve√≠an transcurrir sus d√≠as sumergidos en el olvido. Muchos de sus hijos, en cambio, viv√≠an afuera otra historia: sent√≠an constantemente temor al rechazo social provocado a veces al s√≥lo escuchar su apellido en p√ļblico.

Eso fue exactamente lo que le ocurri√≥ a la √ļnica hija del carabinero Francisco Toledo: perdi√≥ una beca en la universidad en la que estudiaba. Seg√ļn cuenta su madre, baj√≥ sus notas porque sent√≠a p√°nico de que alg√ļn compa√Īero le enrostrara: ‚Äú¬°Tu pap√° mat√≥ a los hermanos Vergara!‚ÄĚ. Su pesadilla era que precisamente la encararan durante una disertaci√≥n.
Francisco Toledo fue condenado a siete a√Īos como uno de los autores del homicidio de Rafael Vergara Toledo, un muchacho de 18 a√Īos que el 29 de marzo de 1985 recibi√≥ 8 balazos (entre ellos, uno en la nuca y otro en la regi√≥n lumbar) durante una jornada de protesta y cuyo cuerpo fue encontrado en la v√≠a p√ļblica al lado de su hermano, Eduardo (23 a√Īos), tambi√©n asesinado. Veinticinco a√Īos se demor√≥ la justicia en arrojar su veredicto.

Los hermanos Vergara Toledo viv√≠an en la Villa Francia, una poblaci√≥n de Santiago que fue epicentro de masivas protestas contra la dictadura en esos a√Īos. Ambos militaban en el MIR y su muerte se transform√≥ en un s√≠mbolo para los j√≥venes que luchaban contra el r√©gimen militar. Con los a√Īos, ese s√≠mbolo vari√≥ para representar el descontento social con la democracia y sigui√≥ mutando hasta llegar a nuestros d√≠as transformado en una amalgama de protestas y brote delictivo. Lo cierto es que desde ese primer 29 marzo de 1985, en que los hermanos Vergara fueron v√≠ctimas de la violencia pol√≠tica, ning√ļn aniversario ha dejado de ser violento.

Elisa, la esposa del ex suboficial de carabineros Francisco Toledo, le explic√≥ a su hija que ‚Äúel pap√° cumpl√≠a √≥rdenes y ese d√≠a estaba trabajando‚ÄĚ. Al igual que la mayor√≠a de las esposas de uniformados presos por cr√≠menes cometidos durante la dictadura, Elisa cree en la inocencia de su marido y est√° en desacuerdo con el desarrollo de los juicios.

Elisa y Francisco se conocieron cuando ella ten√≠a 14 a√Īos. Juntos construyeron una familia que Elisa describe como ‚Äúejemplar‚ÄĚ: su esposo siempre fue un padre preocupado, ‚Äúque llevaba a nuestra hija a la universidad todos los d√≠as. La ni√Īa era su regalona‚ÄĚ. Elisa siente dolor y rabia por esta separaci√≥n.

Cada domingo ambas visitan a Francisco Toledo en Punta Peuco, quien est√° recluido en el ‚ÄúM√≥dulo 2‚ÄĚ, donde comparte con otros ex uniformados a quienes Elisa no conoc√≠a, con excepci√≥n del subteniente (r) Alex Ambler, el ex jefe de su marido que tambi√©n est√° condenado a siete a√Īos por la muerte de los hermanos Vergara Toledo. A todos ellos Elisa los encuentra ‚Äúexcelentes personas y buenos compa√Īeros de presidio‚ÄĚ.

-Yo puedo evaluar a estas personas por como est√°n ahora, yo no s√© los casos en que se vieron involucrados ‚Äďexplica Elisa.

No es extra√Īo que Elisa no conozca los delitos por los que est√°n presos los compa√Īeros de m√≥dulo de su marido. Al igual que en todas las c√°rceles del mundo, en Punta Peuco los motivos del encierro son tema tab√ļ entre los internos. Ese mecanismo de defensa no funciona igual para todos los familiares de los presos. Entre los hijos la pregunta ronda. Un d√≠a su hija le cont√≥ a Elisa que en Internet hab√≠a una p√°gina donde s√≥lo con el apellido de una persona era posible saber por qu√© delito estaba condenado. La joven le dijo que as√≠ pod√≠an saber las acusaciones en contra de los compa√Īeros de encierro de su padre.
-¬ŅPor qu√© lo vas a hacer?, le dije. ¬ŅPor qu√© mejor no conoces a la persona como es ahora y te fijas en c√≥mo te salud√≥? Lo dem√°s, resp√©taselo. Si alg√ļn d√≠a √©l te quiere decir ‚Äúyo estoy involucrado en esto o me enjuiciaron por esto‚ÄĚ, lo escuchas. Pero ahora, no corresponde.

Elisa le plante√≥ el secreto como una forma de respeto, lo que implica suponer que la verdad es una ofensa. La hija de Francisco Toledo, acept√≥: ‚ÄúMam√°, tienes toda la raz√≥n‚ÄĚ, le respondi√≥.

Para este reportaje alrededor de una veintena de familiares de militares presos (entre esposas, madres, hijas y hermanas) fueron contactados, pero la mayor√≠a se neg√≥ a hablar. Algunas esposas, evidenciando en sus palabras y tono de voz mucha rabia acumulada, aprovecharon de repetir una y otra vez: ‚ÄúLa historia est√° tergiversada‚ÄĚ.

Sandra Contreras (42 a√Īos) no est√° de acuerdo.

EN TIERRA DE NADIE

Sandra Contreras s√≠ cree en los hechos que se probaron en tribunales y que condenaron a su padre, el ex suboficial de Ej√©rcito Manuel Contreras Donaire, a 8 a√Īos de prisi√≥n por haber degollado al l√≠der sindical y presidente de la Asociaci√≥n Nacional de Empleados Fiscales (ANEF), Tucapel Jim√©nez, en febrero de 1982.

A Sandra, a sus tres hermanos y a su madre, Manuel Contreras Donaire los golpeaba cuando gozaba de la libertad. Lo hac√≠a si lo contradec√≠an o si se re√≠an cuando √©l quer√≠a descansar. Una vez le dio un combo a su hija Sandra y la bot√≥ por la escalera. ‚ÄúEn el Hospital Militar tuve que contar que me ca√≠ en una bicicleta‚ÄĚ, recuerda la mujer. Nunca lo denunciaron. La madre y todos los hermanos soportaron en silencio. Por eso, cuando Sandra supo que su padre se iba preso a Punta Peuco, se alegr√≥:

-Yo me dec√≠a que de alguna forma este huev√≥n va a tener que pagar ‚Äďrecuerda.

Sandra dej√≥ de ver a su padre a fines de los ‚Äô80, cuando Manuel Contreras Donaire se separ√≥ de su mam√°. Sus hermanos, en cambio, mantuvieron el contacto. Sandra era la √ļnica que no s√≥lo le ten√≠a rabia por lo violento que hab√≠a sido con ellos, sino por haber asesinado a Tucapel Jim√©nez. Durante la dictadura, Sandra particip√≥ de la pastoral de una iglesia en Renca y conoci√≥ las poblaciones:

-Vi hambre, injusticia, vi a los milicos ahí. Yo era la oveja negra de mi familia.

En julio de 2005, el ex Presidente Ricardo Lagos le otorg√≥ a Contreras Donaire el indulto presidencial con beneficio de remisi√≥n condicional de la pena. El presidente argument√≥ que el indulto se debi√≥ a la ayuda que prest√≥ para resolver el caso. ‚ÄúGracias a √©l, en buena medida, pudo aclararse el crimen‚ÄĚ, dijo Lagos. El hijo del dirigente sindical le respondi√≥ al Mandatario: ‚ÄúLe pedir√≠a al Presidente y al ministro de Justicia, que antes de tomar una medida as√≠ leyeran el fallo, porque el indultado es uno de los autores materiales. Carlos Herrera Jim√©nez fue el que efectu√≥ los disparos a mi padre y este asesino (Contreras Donaire) fue el que lo degoll√≥‚ÄĚ.

Para la fecha del indulto, julio de 2005, Contreras Donaire llevaba seis a√Īos en la c√°rcel. Le faltaban dos a√Īos para cumplir su condena. Seg√ļn consta en el expediente judicial, el suboficial jam√°s reconoci√≥ su participaci√≥n en los hechos pese a que el ministro Sergio Mu√Īoz prob√≥ que fue √©l quien degoll√≥ a Tucapel Jim√©nez.

Dos a√Īos despu√©s de haber recuperado su libertad, el ex sub oficial se divorcio legalmente de la madre de Sandra y las dej√≥ sin nada. Como la hija quer√≠a que su mam√° recibiera una pensi√≥n decente decidi√≥ llamar a Tucapel Jim√©nez hijo, que ya era diputado PPD. Sent√≠a que su familia y la de √©l hab√≠an sido v√≠ctimas de la misma plaga: malos hombres. Como si la pertenencia de las personas no fuera un asunto de sangre ni de raza ni de patrias, sino de calidad humana.

Sandra lo llam√≥ sin pensarlo mucho: ‚ÄúHola, soy la hija del hombre que mat√≥ a su pap√°‚ÄĚ. Tucapel escuch√≥ su infierno y la ayud√≥ a conseguir abogados.

Cada cierto tiempo toda esa historia regresa, como el crimen de los Toledo regresa en cada violento 29 de marzo, día del joven combatiente.

El a√Īo pasado, por ejemplo, Sandra no se perdi√≥ capitulo de las series ‚ÄúLos archivos del cardenal‚ÄĚ (TVN) y ‚ÄúLos 80‚ÄĚ (Canal 13), dos producciones con las que la televisi√≥n chilena intent√≥ saldar parte de sus deuda de silencio sobre lo vivido por miles de compatriotas en los ‚Äô70 y ‚Äė80. La ficci√≥n les permiti√≥ mostrar ese mundo desde una √≥ptica que al periodismo le resulta muy dif√≠cil: a trav√©s de la vida cotidiana del torturador, el incre√≠ble doblez del alma humana capaz de electrocutar a un hombre en la ma√Īana y en la tarde partir de buen humor a elegir regalos de Navidad para los hijos. Mostrar la violencia como una actividad laboral con una ‚Äúterror√≠fica normalidad‚ÄĚ de la que habla la fil√≥sofa Hannah Arendt, cuando describe al criminal nazi Otto Adolf Eichmann.

Para Sandra, la hija de Manuel Contreras Donaire, mirar esos personajes fue verse a sí misma. A veces no era capaz de terminar los capítulos:

-Yo miraba ‚ÄúLos 80‚ÄĚ y dec√≠a: mi pap√° era as√≠, √©l trabajaba en eso. Ver el programa me produc√≠a tanta angustia‚Ķ no hay palabras‚Ķ Me lo imagino electrocutando personas, forz√°ndolos con golpes‚Ķ y no pod√≠a dejar de pensar que cuando era chica viv√≠ bien gracias a todas las aberraciones que √©l hizo, gracias a todas las familias que √©l hizo mierda ‚Äďdice Sandra.

‚ÄúMIS CULPAS O COMO SE LLAME‚ÄĚ

Fernando Vald√©s Cid, teniente (r) de Carabineros, estuvo preso durante tres a√Īos en el ‚ÄúM√≥dulo 2‚ÄĚ de Punta Peuco.

Vald√©s era polic√≠a de calle. Ingres√≥ a la instituci√≥n en 1977, tres a√Īos despu√©s del Golpe. Practicaba k√°rate, judo y su pasatiempo era salir a cazar. En 1982, siendo subteniente, Vald√©s fue encargado reo por la Fiscal√≠a Militar de Valpara√≠so como autor del delito de violencia innecesaria causando lesiones leves a Oscar Uribe. Posteriormente fue absuelto. En 1984 lo acusaron de matar al obrero del POJH Nelson Carrasco, detenido en San Bernardo el 27 de marzo de ese a√Īo por un piquete de 19 carabineros que encabezaba Vald√©s. La madre del obrero denunci√≥ la desaparici√≥n de su hijo y el cuerpo fue encontrado a la orilla del canal ‚ÄúEl Espejino‚ÄĚ, el 11 de abril.

El Segundo Juzgado Militar de Santiago determinó que Carrasco fue golpeado en el furgón policial brutalmente y luego fue lanzado al canal junto a otros detenidos donde se ahogó

A Vald√©s lo condenaron a seis a√Īos de presidio por ‚Äúviolencia innecesaria con resultado de muerte‚ÄĚ. En 1988 ingres√≥ a la Escuela de Carabineros a cumplir prisi√≥n preventiva por alrededor de tres a√Īos, tiempo que se le abon√≥ cuando lleg√≥ a Punta Peuco a cumplir su condena el a√Īo 96.

El crimen cometido por Vald√©s es probablemente el m√°s actual de todos los rese√Īados en esta serie. El delito se ha mantenido en el tiempo, en dictadura y en democracia: el uso de la fuerza policial del Estado sin freno es lo que reclamaron los habitantes de Ays√©n este verano, lo que vienen reclamando los mapuches por d√©cadas y lo que probaron los estudiantes en las manifestaciones del a√Īo pasado.

Sobre su responsabilidad en la muerte del obrero Nelson Carrasco, Fernando Valdés dice:

-Siempre lo he recordado como una pena grande‚ĶPara una familia perder un hijo no es f√°cil, ¬Ņcierto? Yo perd√≠ a mi madre hace poquitos d√≠as, yo s√© lo que es, puedo sentir lo que es. Pero antes, igual sent√≠ siempre pena. Lo llev√≥ en mi coraz√≥n, es una cosa‚Ķ el haber estado o no ah√≠, el haber hecho o no, el haber ayudado o no, el haber cooperado o no, o haber evitado o no, todas esas cosas me las pregunt√≥‚Ķ

Valdés habla de Carrasco y finalmente, cuando ya no puede eludir más el punto clave de su muerte, pareciera que aquello que el mismo se pregunta por alguna razón prefiere no respondérselo:

-Yo no lo mat√©. Hablan de que al lanzarlo al agua, despu√©s este chiquillo se muri√≥ ahogado. O sea, que yo le pegu√© solo, le pegu√© a los otros cuatro o cinco que andaban ah√≠, hice todo esto solo. Eso es lo que pienso. Preg√ļntese usted qu√© pas√≥. Yo no me voy a preguntar m√°s que pas√≥. Yo para mis adentros tengo mis propias responsabilidades, culpas o como se llame‚Ķ

Cuando Fernando Vald√©s ingres√≥ a Punta Peuco, su hijo mayor sab√≠a d√≥nde estaba: una prisi√≥n militar. Pero al que ten√≠a 6 a√Īos le dijo que el pap√° trabajaba en el campo y que Punta Peuco era el lugar donde dorm√≠a cuando la noche se pon√≠a peligrosa. Vald√©s le explic√≥ as√≠ al ni√Īo la presencia de los barrotes y los gendarmes armados las tres veces que lo fue a ver. Los malos estaban afuera.

Ahora que ese hijo creci√≥, nunca le ha vuelto a preguntar. Vald√©s es de la idea de olvidar. ‚ÄúLo que pas√≥ ya fue, ya pagu√©‚ÄĚ, dice.

Si su memoria ha bloqueado la fecha exacta en que sali√≥ de Punta Peuco, las im√°genes de lo que pas√≥ ese d√≠a las tiene bien vivas: su esposa y su hermano lo fueron a buscar y le pasaron una botella de whisky que se fue tomando de a poco al recorrer libre nuevamente las calles. Al lunes siguiente volvi√≥ a trabajar a la misma empresa en la que se desempe√Ī√≥ luego de su retiro de Carabineros el ‚Äô87. Nadie le puso problemas por su prontuario, como les ocurre a todos los que salen de la c√°rcel.

As√≠, el oficial de Carabineros -bajo, macizo, calvo, de brazos peludos, al que le dec√≠an ‚ÄúEl Mono‚ÄĚ- volvi√≥ a pasearse por los campos de la Sexta Regi√≥n como si los tres a√Īos en la c√°rcel no hubieran existido. Salvo por la pistola.

-Yo tom√© precauciones. Me hice de un arma porque ten√≠a temor que me llegara alguna represalia aqu√≠ afuera. Y aunque como ex preso no ten√≠a permiso para portar armas, anduve con una ilegalmente durante un a√Īo.
LAS FIESTAS DE CONTRERAS

Es muy probable que las represalias que tem√≠a Fernando Vald√©s Cid cuando sali√≥ en libertad no fueran s√≥lo de los opositores a Pinochet. Y ello porque a fines de 1995, cuando empiezan a llegar a Punta Peuco los primeros condenados del Caso Degollados, este oficial de Carabineros se convirti√≥ en el primer preso de esa peculiar prisi√≥n en denunciar -a la revista Qu√© Pasa- los privilegios para el d√≠a de A√Īo Nuevo que ten√≠an el ex jefe de la DINA y su segundo en el organismo de represi√≥n: Pedro Espinoza.

‚ÄúLas fiestas del Mamo Contreras y los cumplea√Īos de Espinoza eran verdaderos carnavales. Porque a ese sector no entraba Gendarmer√≠a, era exclusivo para el Ej√©rcito‚ÄĚ, dice hoy Vald√©s, quien adem√°s recuerda que estaba molesto porque los militares ten√≠an tel√©fonos en sus habitaciones y visitas fuera de horario:

-Pero para nosotros, los carabineros, no hab√≠a nada de eso. Entonces, lo que yo dec√≠a era que si estamos todos en la misma, apechuguemos todos en igualdad de condiciones ‚Äďafirma el oficial retirado.

No fue esa la opini√≥n de todos sus compa√Īeros de M√≥dulo. Para algunos de los carabineros del Caso Degollados, las denuncias de Vald√©s fueron una deslealtad hacia Manuel Contreras ya que era gracias a √©l que estaban en esa c√°rcel y no en una con todos los presos comunes. Pero Vald√©s no se arrepiente:

-Yo he sido mucho m√°s leal que muchos de ellos. Ah√≠ t√ļ tienes al Mamo Contreras gritando como condenado, involucrando m√°s gente. ¬ŅPor qu√© no se queda callado? Eso no corresponde. ¬ŅVa a salir en libertad con eso? Que muera callado, como buen soldado no m√°s ‚Äďdice a CIPER.

LOS ORIGENES

Mientras allí estuvo recluido, Manuel Contreras siempre hizo valer que gracias a él existía esa cárcel especial, custodiada por miembros del Ejército que se cuadraban ante ellos y los trataban como sus superiores.

-Yo fui a una c√°rcel que la tuvieron que construir especialmente para m√≠. Si no, no voy a la c√°rcel ‚Äďdijo Contreras en una entrevista con Chilevisi√≥n hace dos a√Īos.

Y esta vez Contreras sí dice la verdad. Porque fue la anunciada primera condena al ex jefe de la DINA la que gatilló en enero de 1995 la decisión de construir una cárcel especial para el general. El arquitecto socialista Claudio Martínez, entonces director de Gendarmería, le propuso al Ejército el terreno que tenía la institución en Punta Peuco.

El Ej√©rcito, que presionaba por esa c√°rcel especial, acept√≥. No as√≠ el ministro de Obras Publicas, Ricardo Lagos, quien rechaz√≥ la orden del Presidente Eduardo Frei de firmar el decreto de emergencia para iniciar la construcci√≥n. No estaba dispuesto a quedar como el autor de un penal especial para militares. A Frei no le qued√≥ otro camino que enviar un proyecto de ley al Congreso. En febrero de 1995 se inici√≥ la construcci√≥n. Cuatro meses m√°s tarde, el 14 de junio de 1995, el gobierno de Eduardo Frei despach√≥ el Decreto 580 que cre√≥ el ‚ÄúCentro de Detenci√≥n Preventiva y Cumplimiento Penitenciario Especial Punta Peuco‚ÄĚ.

Claudio Martínez recuerda que siempre en las conversaciones que tuvo sobre la nueva cárcel había oficiales del Ejército presentes:

-Ellos estaban detr√°s de esto, y no podr√≠a haber sido de otra forma. Hacer una c√°rcel especial en ese momento no era para darles privilegios a los militares, era por seguridad de la ciudadan√≠a. Pinochet, el ex dictador, era el comandante en jefe del Ej√©rcito todav√≠a. ¬ŅQu√© habr√≠a pasado si al jefe de la polic√≠a secreta de la dictadura le daban muerte adentro de una c√°rcel com√ļn? ‚Äďexplica.

Contreras fue condenado por el ministro Adolfo Ba√Īados el 30 de mayo de 1995 a 7 a√Īos de presidio como uno de los autores del asesinato del ex canciller de Allende, Orlando Letelier. Pero no inaugur√≥ la nueva c√°rcel. Argument√≥ estar enfermo. El primero en llegar a Punta Peuco fue el brigadier en servicio activo Pedro Espinoza Bravo, el segundo hombre operativo de la DINA, quien tambi√©n fue condenado por el crimen de Letelier. Y lo hizo el 19 de junio, el mismo d√≠a que el Ej√©rcito lo llam√≥ a retiro, despoj√°ndolo de su escudo protector.

Espinoza dijo a la prensa: ‚ÄúEl Ej√©rcito me entrega‚ÄĚ. El traslado se hizo en la madrugada. Claudio Mart√≠nez, director de Gendarmer√≠a y quien lo recibi√≥ en Punta Peuco, recuerda que Pedro Espinoza lleg√≥ acompa√Īado de una comitiva de familiares, amigos y militares:

-Eran como 50 personas y la escena fue bien dura, porque Espinoza llega a una reja y yo estoy adentro esperándolo. En dos segundos tuve que pensar: lo dejo entrar a él o los dejo entrar a todos. Y los dejé entrar a todos. Y cuando entraron, ¡empezaron a sacarle fotos a la cárcel!

Una vez que Espinoza se qued√≥ s√≥lo all√≠ dentro, Mart√≠nez dice que ‚Äúel ambiente era igual al de un velorio‚ÄĚ. Y se mantuvo durante cuatro meses con el brigadier como el √ļnico preso de la nueva c√°rcel. El 22 de julio de ese a√Īo, unas 300 personas, entre militares y civiles, se manifestaron en Punta Peuco para apoyarlo: cantaron el himno patrio e hicieron un pic- nic en los alrededores.

La tensi√≥n iba creciendo. Y lleg√≥ a su punto m√°ximo cuando los dos hijos del brigadier ‚Äďambos militares activos- sobrevolaron la c√°rcel en helic√≥ptero. ‚ÄúFue una provocaci√≥n si se quiere‚ÄĚ, dice Mart√≠nez. Provocaci√≥n que replic√≥ Espinoza anunciando en octubre una huelga de hambre en contra del Ej√©rcito. Pero desisti√≥. Justo a tiempo para recibir al nuevo habitante VIP de Punta Peuco: el general (r) Manuel Contreras.

Despu√©s de intentar resistir el encarcelamiento y mantener la impunidad de la que hab√≠a gozado durante dos d√©cadas, atrincher√°ndose en el Regimiento Sangra en Osorno y en el Hospital Naval de Talcahuano, Manuel Contreras lleg√≥ a Punta Peuco en octubre de 1995. Su √ļnico compa√Īero de m√≥dulo, Pedro Espinoza, lo consideraba un traidor.

-Como la relación entre ambos era tensa, instalaron un sistema de semáforo en los espacios comunes para no encontrarse -recuerda Martínez.

Para custodiar a dos presos, el Ej√©rcito design√≥ a cinco oficiales y 66 suboficiales y clases, seg√ļn inform√≥ a CIPER la instituci√≥n. Ellos formaban un anillo de seguridad interno mientras que Gendarmer√≠a qued√≥ a cargo de la custodia externa. ‚ÄúLo que yo percib√≠ es que el Ej√©rcito ten√≠a mucho temor de que Espinoza o Contreras, fruto del encierro, entregaran alg√ļn tipo de informaci√≥n‚ÄĚ dice Mart√≠nez.

Una tesis viable frente al √ļltimo crimen que la justicia chilena le acaba de adjudicar a Espinoza en noviembre de 2011: fue procesado por el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago Jorge Zepeda como autor material del homicidio del ciudadano estadounidense Charles Horman (cuya historia dio origen a la pel√≠cula Missing), una muerte que el r√©gimen militar siempre neg√≥.

Lo que nadie niega hoy son los privilegios de los que gozó Manuel Contreras mientras estuvo en Punta Peuco y que denunció el carabinero Fernando Valdés Cid. De partida, nunca fue tratado como un preso por el personal militar de custodia, sino como sus subordinados.

-El Mamo trataba a los oficiales de Ej√©rcito que lo custodiaban como goma. Siempre hacia peticiones a trav√©s de ellos y presionaba a Gendarmer√≠a. Por √©l se tuvo que habilitar una enfermer√≠a con m√©dico y hasta se trajo un mozo que le preparaba las comidas ‚Äďdijo a CIPER un ex gendarme que trabaj√≥ en Punta Peuco en esos a√Īos.

En 2001 Manuel Contreras cumpli√≥ su primera condena y se fue de Punta Peuco a su casa, con detenci√≥n domiciliaria por los m√ļltiples procesos en curso. Como prueba de su importancia, casi dos a√Īos despu√©s, en 2003, la custodia del Ej√©rcito termin√≥. Justo en el momento en que Ricardo Lagos creaba la Comisi√≥n Valech que investig√≥ los casos de prisi√≥n pol√≠tica y tortura. M√°s de 35 mil personas prestaron testimonio mientras en Punta Peuco recib√≠an a nuevos habitantes de la c√°rcel especial: √Ālvaro Corbal√°n y Hugo Salas Wenzel, ambos de la CNI, entre ellos.

Fue el momento también en que los presos de Punta Peuco iniciaron una batalla por la obtención de beneficios carcelarios. Había que atraer a nuevos socios que apoyaran su petitorio.

RAZONES DE ESTADO

En 2003, el sacerdote Alfonso Baeza, vicario de la Pastoral Social, visitó en Punta Peuco a los carabineros del Caso Degollados. Fueron los propios presos quienes le pidieron a Marcelo Mancilla, el sacerdote de Gendarmería que los asistía espiritualmente y con quien Baeza tiene muy buena relación, que lo llevara.

Querían que Baeza intercediera por ellos ante las autoridades de la época tal como lo estaba haciendo por los miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR); el brazo armado del Partido Comunista que en dictadura preparó entre otras acciones el fallido atentado de septiembre de 1986, donde planeaban matar a Augusto Pinochet en la ruta de regreso desde su casa en El Melocotón. En democracia no sólo cayeron en prisión los hombres del dictador, sino que también lo hicieron aquellos que se opusieron a él.

Recluidos en la C√°rcel de Alta Seguridad (CAS), los frentistas iniciaron peri√≥dicas huelgas de hambre para negociar el indulto presidencial. Por su labor pastoral y su trabajo activo en dictadura, Baeza medi√≥ con el gobierno. Y a 30 a√Īos del Golpe, los presos de Punta Peuco consideraron que la visita de un sacerdote que congeniaba con la izquierda era una buena forma de levantar la bandera de los otros ‚Äúpresos pol√≠ticos‚ÄĚ.

Baeza recuerda la visita: ‚ÄúQuer√≠an decirme que se estaba cometiendo una injusticia con ellos porque tambi√©n eran presos pol√≠ticos y no ten√≠an acceso a la libertad condicional ni a ning√ļn beneficio carcelario‚ÄĚ.

A primera vista, la exigencia del empate de los presos de Punta Peuco parecía de justicia básica. Pero en lo medular, para Baeza había diferencias profundas con los presos políticos del CAS. La primera y más importante era que los frentistas se habían comprometido a no volver a ocupar jamás los medios violentos:
-Pero los presos de Punta Peuco ni siquiera habían dejado en claro ante los tribunales lo que habían hecho ni quienes les dieron las órdenes. En Punta Peuco me di cuenta que no se podía discutir con ellos, que ahí no había conversión. La verdad, me parece que hay algunos como Manuel Contreras, el jefe de la Dina, y otros, que volverían a hacer lo mismo -dijo Baeza a CIPER.

El lobby de los presos de Punta Peuco siguió. Mediante las visitas de sus familiares al Congreso y las cartas que enviaban desde la cárcel a diferentes políticos, lograron cierta acogida e incluso eco a su situación. Fue así que en septiembre de 2005, meses después de que el entonces Presidente Lagos le otorgara el indulto presidencial a Manuel Contreras Donaire, los senadores Hernán Larraín (UDI), el almirante (r) Jorge Arancibia (UDI), Baldo Prokurica (RN) y Enrique Silva Cimma y Edgardo Boeninger, ambos senadores designados de la Concertación, presentaron un proyecto de ley que favorecía a los uniformados condenados con dos tipos de beneficios.

El primero fijaba una pena √ļnica de 10 a√Īos de presidio por la totalidad de los delitos cometidos, quedando sujetos a arraigo y al r√©gimen de libertad vigilada por el resto de la condena original; y el derecho de la remisi√≥n condicional de la pena a los sentenciados que durante el cumplimiento de la condena cumplieran 70 a√Īos de edad.

Dos a√Īos m√°s tarde, en noviembre de 2007, el Senado lo rechaz√≥. La pol√©mica que provoc√≥ el indulto de Lagos a uno de los asesinos de Tucapel Jim√©nez no dej√≥ espacio para nuevos beneficios.

Las razones del ex Presidente para otorgarle indulto a Manuel Contreras Donaire fueron finalmente de Estado. Algo que Lagos explica hoy como un gesto oportuno. Durante su gobierno hab√≠a indultado a varios frentistas. Era hora de hacerlos con ‚Äúlos otros‚ÄĚ:

-Hab√≠a que decir, bueno han pasado 15 a√Īos desde la recuperaci√≥n de la democracia y ahora mandamos nosotros. Porque cuando yo llegu√© a La Moneda y sal√≠a al extranjero me preguntaban: ‚Äú¬ŅUsted efectivamente es el Presidente o sigue mandando Pinochet?‚ÄĚ. Yo ya hab√≠a nombrado a una mujer socialista y torturada por los militares en el Ministerio de Defensa, se hab√≠an dictado las reformas constitucionales que permit√≠an destituir a los altos mandos. ¬ŅPor qu√© no hizo una cosa de ese tipo Frei? Porque iban a creer que segu√≠an mandando los militares. Pero esta decisi√≥n era m√≠a, y era m√≠a porque hab√≠a cambiado el pa√≠s.

Los cambios sociales son sutiles, complejos de precisar. Y lo que Lagos describe como ‚Äúcambio del pa√≠s‚ÄĚ, el juez Joaqu√≠n Billard lo ve mucho m√°s restringidamente. En todos estos a√Īos investigando los cr√≠menes de la dictadura, al √ļnico militar que el juez Billard ha visto cambiar es a Carlos Herrera Jim√©nez, oficial de Ej√©rcito, ex miembro de la Direcci√≥n de Inteligencia del Ej√©rcito (DINE) y de la CNI, quien ha pedido p√ļblicamente perd√≥n a la familia de Tucapel Jim√©nez, a quien asesin√≥ junto a Manuel Contreras Donaire:

-Herrera Jim√©nez siente que los mandos de la √©poca lo enga√Īaron, que lo convencieron de que lo que estaba haciendo era por el bien de la Patria. Y √©l ahora, sentado y mirando el techo, se da cuenta que todo eso era una estupidez ‚Äďafirma el juez Billard.
Pero al inicio, el juez Billard cuenta que los militares acusados llegaban a tribunales altaneros porque no cre√≠an que iban a ser juzgados: ‚Äú¬°Ellos pensaron que no los iban a procesar nunca! ¬°¬ŅC√≥mo pudieron pensar eso?! ¬ŅC√≥mo pudieron creer: ‚Äúyo mato a este gallo y nadie me va a hacer nada‚ÄĚ? ¬°Qu√© manera de estar endiosados!‚ÄĚ.

Mario Carroza, otro de los ministros que ha investigado violaciones a los derechos humanos a lo largo de lo a√Īos, coincide con Billard en la sensaci√≥n de impunidad con que viv√≠an los agentes: ‚ÄúEran personas a la que les gustaba tener poder, sentir que el resto depend√≠a de ellos. A otros les gustaba hacer de esp√≠as‚ÄĚ, dice.

Pero la estructura ligada al sistema que los protegía y les proveía de impunidad, y que estaba asentada también en el Poder Judicial, ya no existe. El juez Carroza trabaja desde esa línea los interrogatorios: haciéndoles ver que ahora son personas comunes y corrientes:

-Trato de hacerles entender que hicieron cosas m√°s all√° de lo com√ļn y corriente, y cuando eso pasa, las personas entran en la etapa delictual. Si alguna vez ellos pensaron que estaban en una guerra, no soy qui√©n para decir que no es as√≠. Pero despu√©s de 1975 ya no hubo guerra. Ah√≠ les digo que deben saber por qu√© actuaron as√≠. Sopesar si actuaron mal y responder por eso. Cuando los interrogo, yo trato de se√Īalarles que hay un momento donde tomaron una decisi√≥n y que la suya fue equivocada -dice el juez.

Por esas equivocaciones, a septiembre de 2011, seg√ļn la base de datos del Programa de Derechos Humanos del Ministerio del Interior, hab√≠a 249 uniformados condenados en √ļltima instancia. Una cantidad que en todos los an√°lisis tanto en Chile como en el extranjero se pone al lado de los 3.186 compatriotas desaparecidos y ejecutados durante el r√©gimen militar. Dos situaciones dram√°ticamente dispares.

DAR VUELTA LA HOJA

El hijo de Tucapel Jim√©nez jam√°s pens√≥ que adem√°s de todo lo vivido, iba a tener que lidiar con el arrepentimiento de uno de los asesinos de su padre. Con ese perd√≥n que Carlos Herrera Jim√©nez le ha pedido p√ļblicamente a trav√©s de los medios de comunicaci√≥n a lo que se suma su petici√≥n reiterada a reunirse con √©l en Punta Peuco. El diputado ha considerado esa posibilidad. Pero le cuesta:

-No me veo sentado al frente del asesino de mi pap√°. Como diputado uno quisiera decir ‚Äúlo hago a cambio de informaci√≥n, para que otras familias tengan esa tranquilidad espiritual‚ÄĚ, pero la verdad es que no he llegado a ese grado de convencimiento de que me vaya a servir o le vaya a servir a otras personas. Pero si sirviera de algo, har√≠a el sacrificio -dice el hijo de Tucapel Jim√©nez.

El padre de Tucapel se había convertido a inicios de los ’80 en una de las voces más importantes en contra del régimen, al punto de iniciar la preparación del primer paro nacional de trabajadores en 1981. Su alta convocatoria y su alianza con el ex presidente Eduardo Frei Montalva, asesinado también un mes antes que el líder sindical, encendieron todas las alarmas en el círculo de Pinochet. De ahí que el diputado PPD quiera honrar su figura enfrentándose a su asesino en nombre de otros, pero es el hijo el que hoy no puede. Ahora Tucapel tiene sus propios hijos que jamás aceptarían algo así.

-Mucha gente piensa que es parte de la estrategia de Carlos Herrera juntarse conmigo para recibir el indulto. Yo soy contrario a los indultos, pero pienso que √©l debiera tener beneficios carcelarios. Herrera colabor√≥ con la justicia, y si sus peticiones de perd√≥n fueron estrategia y una mentira, no importa mientras haya colaborado ‚Äďdice el diputado Jim√©nez, quien asume que es imposible dar vuelta la p√°gina.

‚ÄúYo me voy a morir record√°ndolo. Hasta en peque√Īas cosas cotidianas, como cuando juega Colo- Colo, el equipo de f√ļtbol que a √©l le gustaba, no puedo dejar de acordarme de mi pap√°‚ÄĚ, dice Tucapel Jim√©nez.

Las palabras del hijo de Tucapel Jim√©nez grafican lo dif√≠cil que resulta para los familiares de los presos de Punta Peuco intentar lidiar afuera con el rechazo. M√°s dif√≠cil si lejos de mostrar arrepentimiento, algunos intentan usar antiguas estrategias de extorsi√≥n para obtener beneficios. Como lo hizo √Ālvaro Corbal√°n, involucrando de paso a otros presos.

Luego de leer el primer reportaje de esta serie, el senador Francisco Chahuán y el sacerdote Cristián Precht, a quien la madre de Corbalán le pedió acogida para su hijo, dijeron a CIPER que ya no concurrirán más a Punta Peuco. Para ambos su rechazo a ser involucrados en cualquier acción que se asocie a una operación de inteligencia, es lo que motiva su decisión.
Publicado: 02.05.2012
Ciper.cl


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